24 sept. 2012

Nadie se salva solo - Margaret Mazzantini


"Las personas deberían dejarse antes de llegar a ese punto. Al que han llegado ellos. Con los primeros síntomas habría que marcharse, abandonar el campo. Total nunca mejora, sólo empeora y empeora…cuando el niño pequeño llora y el mayor se limita a respirar, como un gato que procura que no lo encuentren. Porque ya lo ha aprendido…éste es el momento clave, cuando os habéis matado y seguís viviendo, víctimas y asesinos en la misma mierda de cocina."

Delia y Gaetano parecen por fin haberlo entendido, después de 10 años de aportar sus vidas a un insulso matrimonio que ha dejado como saldo dos pequeños hijos y una larga minuta de heridas por cicatrizar. Ese pasado compartido los constituye y ahora que ya no viven juntos, se han citado en un pequeño restaurant callejero para negociar las vacaciones de los chicos. A su turno y con el monólogo interno como recurso narrativo, la ex-pareja repasa el camino que los llevó de aquel amor que parecía eterno a este presente de indiferencia y disputa.
Mazzantini no hace panorámicas de ese camino tan concurrido, las fotos que decide mostrarnos tienen el zoom a tope, situaciones frecuentes, minúsculas, nos van narrando el viaje, buscando el sentido en primeros planos:

"Cosmo estaba sentado a su lado, como siempre. Empezó a hablar del hámster: ya no se movía, ya no deambulaba de noche.
-Mamá, tenemos que llevarlo al veterinario.
Gaetano mojaba el cruasán en el capuchino, con la boca llena dijo:
-Nada de llevar el hámster al veterinario, ya compraremos otro.
Silencio. Delia lo había mirado con una cara que se parecía a una de esas instalaciones.
-¿Qué has dicho?
-El veterinario cuesta cincuenta euros, el hámster, ocho."
La cotideaneidad de esos recortes produce una empatía instantanea con ambos personajes, ninguno de los dos resulta culpable, actúan por instinto, son tan familiares que podríamos encontrarlos al doblar la esquina, o lo que es peor, una mañana frente al espejo.
Desde la mesa vecina, una pareja de ancianos contrasta, demostrando que la utopía de envejecer juntos es posible sin tener que aceptar amargamente la derrota, pero ya desde el título nos advirtieron que nadie se salva solo.  
La foto que ilustra la portada, no tiene autor conocido, lo que obligó al editor a colocar una nota haciendo conocer su intención de pagar por el crédito apenas sepa a quién pertenece. Semejante riesgo editorial se justifica al verla, pues si resulta perturbadora y ambigua en una primera impresión, luego de leer el libro coincidiremos en que no podría existir otra que lo resuma con tanta hondura.