24 mar. 2011

Un artista del mundo flotante - Kazuo Ishiguro



Recuerdo que me tope con este libro, en el departamento de una compañera, al que llegue con el objetivo de preparar un parcial, en mis épocas de estudiante universitario. Como según su dueña, el libro era un regalo, se negó a prestármelo temerosa de que nunca lo devolviese, conminándome a que lo leyera allí mismo, sin importarle cuanto tiempo me demoraba en la tarea. No recuerdo, créanmelo, el nombre de aquella compañera, a la que deje de ver hace años, ni la materia que preparábamos, pero nunca olvide al artista del mundo flotante.
La novela narra en primera persona, las reflexiones de  un reconocido pintor ya jubilado, en el Japón arrasado de los primeros tiempos de posguerra. El par de años que demandan las negociaciones y posterior matrimonio de su hija menor, es el tiempo del cual se vale el anciano Masuji Ono para conformarnos un retrato de su carrera artística y de su época; Asistimos a sus comienzos de aprendizaje en el taller de su antiguo maestro Senji Moriyama y la influencia de la tradición pictórica que este representaba:
“Durante todos aquellos años seguimos su mismo estilo de vida y asimilamos sus valores, lo cual suponía pasar mucho tiempo explorando el “mundo flotante” de la ciudad o, lo que es lo mismo, el mundo nocturno del placer, el ocio y la embriaguez que constituía de hecho el fondo de todos nuestros cuadros.”
Ese estilo superficial y vacío, contrasta con la realidad y el espíritu de compromiso social que persiguen los nuevos vientos del Japón Imperial, al que no tardará en sumarse Ono, rompiendo lealtades con su mentor y convirtiéndose rápidamente en uno de los más destacados representantes de las flamantes tendencias.
“En épocas como esta en que la gente es cada día más pobre y los niños que vemos por la calle están cada día más enfermos y hambrientos, lo último que debe hacer un artista es encerrarse a pintar cuadros de prostitutas.”
Ese compromiso militante, con el resultado puesto de la derrota, es mal visto por las nuevas generaciones, influenciadas por el occidentalismo norteamericano triunfante y amenaza con condenar a su hija a la soltería eterna, pues sospecha que  ningún pretendiente quiere quedar pegado a ese pasado familiar. Esta situación llevará al protagonista a saldar viejas deudas con sus antiguos colegas y discípulos, a los que visita, para hacerse cargo de errores cometidos, pero con la satisfacción de haber dado todo por una causa que consideraba justa, reconciliándose así con su pasado y con ese futuro cada vez más ajeno y distinto. Una novela y un personaje sobretodo, que admite múltiples interpretaciones y que puede ubicarse desde ambos lados del espectro político, pero que sin dudas nos hará reflexionar acerca del valor del compromiso social, término que vuelve a conjugarse cada vez más asiduamente entre nuestros jóvenes y que, no casualmente, termina con una frase que juzgo oportuno transcribir un día como el de hoy:


“Parece que, a pesar de los errores cometidos, nuestro país puede todavía enmendar su destino. A estos jóvenes, por lo tanto, no nos queda más que desearles lo mejor.”




12 mar. 2011

Aráoz y la verdad - Eduardo Sacheri




Esperaba el reciente feriado de carnaval con especial interés, no por el espíritu festivo y carnestolendo que era de esperar tiñese el fin de semana largo, sino para descansar de un comienzo de marzo agitado al ritmo que impone la venta del texto escolar. Afecto al fútbol y en ese plan, me dispuse a ver por tv un entretenido Barcelona-Arsenal, encuentro que sobre el final “monto en escena” esta jugada, que aunque con un final distinto, es la misma que estructura y da inicio a Aráoz y la verdad, libro que leí hace un par de años, cuando su autor todavía no gozaba de la popularidad que añade un Oscar, conseguida a partir de la versión fílmica de La pregunta de sus ojos, su primer novela.
Aráoz, el protagonista, sufre un quiebre en su vida cuando su mujer lo abandona. Tirado en la cama, recuerda un hecho que marcó su infancia: un partido definitivo, un despeje largo faltando cinco minutos, la defensa del Deportivo Wilde mal parada y el delantero del equipo rival que agarra la pelota y se va solito para el arco; el único que puede alcanzarlo es el nº 5, Perlassi, su ídolo, que lo corre de atrás:
"Es natural que Perlassi no se arroje al piso para quitar el balón desde atrás, por que si falla perderá un tiempo precioso y el Tanque saldrá definitivamente de su alcance. Pero si esa opción no puede contemplarse…¿Qué espera para hacharle las pantorrillas?...El arquero acaba de dar un par de pasos hacia el Tanque con la intención de achicarle el ángulo de tiro. El Tanque adelanta el balón por última vez, para alejarlo un poco de su botín derecho y permitirle a su pierna el mejor recorrido para el disparo. Perlassi atrás. Todavía atrás. Definitivamente atrás."
Mascherano, para regocijo de la afición culeé, hizo caso omiso al libreto de Sacheri y le robó la pelota al delantero inglés, pero en la ficción los hinchas del Wilde no tuvieron tanta suerte. Aráoz, tres décadas después de aquella “catástrofe” decide viajar a un pueblito perdido en la pampa, para encontrar al ídolo y preguntarle por que dejo seguir al 9: “Lo que me importa es saber lo que pasó con Perlassi. La verdad. Eso quiero saber. La verdad.”
Seis días deberá permanecer el protagonista en ese pueblito para encontrar lo que fue a buscar, esa verdad dolorosa que hunde sus raíces en la infancia, pero que puede redimirlo de sus más profundas derrotas.
Seis capítulos deberá desandar el lector para entender que existen tantas verdades como interpretaciones posibles, aunque se sepa que solo prevalece aquella que consigue el poder necesario para imponerse.