19 feb. 2010

Lengua Madre - María Teresa Andruetto



Se tuvieron que ir. Tanta hambre lleno la panza de los barcos y los degeneró en bulímicos. La pampa que era virgen e ingenua, se empino los primeros vómitos creyendo que era champán. Cuando se dio cuenta, la adicción ya se le había hecho carne y costumbre. No será rico pero llena, habrá pensado y siguió chupando todo lo que le trajeron. De ese brebaje fermentaron mis cuatro abuelos. Todos piamonteses. La muerte y ese prodigio del aprovechamiento de los recursos que eran las “carneadas”, solían juntarlos. Mis ojos de niño alcanzaron a orillar aquellas reuniones, donde la grapa sucumbía en el afán de humedecer aquel lenguaje seco, de palabras cortas que chocaban contra el paladar antes de salir, como si una mano invisible les apretase la garganta mientras hablaban. Nunca pude pronunciar correctamente marin’a, sinónimo de nona con que identificábamos a mi abuela Francisca. En mi recuerdo la sigo llamando maringa, apretando la nuez con el dedo cuando vocalizo la “g”. Sus padres y la mitad de sus hermanos se habían tomado el palo de Airasca, un pequeño pueblito pegado a Turín, del que muchos años después, también se piró Stefanín, el referente masculino de esta novela familiar protagonizada por tres mujeres: su esposa, su hija y su nieta.
Arrancando en la actualidad, el libro se centra en la figura de Julieta (la nieta) quien después de pasar unos años en Alemania como becaria, retorna al país a cumplir el deseo de Julia, su madre recientemente fallecida: leer las cartas que durante años fue acumulando, a manera de póstumo descargo.


“Recorrer las cartas es recorrer el pasado, debe comprender eso si quiere seguir adelante: un pasado no solo suyo, sino también de su familia y de su tierra.”


La lectura de esas cartas, escritas en su mayoría por la abuela, nos remiten al pasado y al drama: la huida de Julia al sur, su largo ocultamiento en un sótano escapando de la represión militar, el tempranero exilio de su compañero, el nacimiento y la posterior separación de Julieta, criada al amparo de sus abuelos en la pueblerina y cercana Oliva (Aldao en la ficción). Ese ejercicio de antropología epistolar en que se sumerge Julieta, la irá conectando con la sencillez de sus recuerdos familiares, impregnados por la lengua y la cultura piamontesa, combo que terminará por responder los dolorosos interrogantes que marcaron su vida.


“Cree que la tristeza –como tantas otras cosas- se hereda. Fue educada en ese pueblo, bajo la tutela de un hombre que perdió a su padre en la guerra, que se trasplantó en otro país, que arrastro el dolor de perder a su familia y que llevó ese dolor a todas partes. Eso le dejó huellas. Ella no puede decir: la guerra, el exilio, la muerte, no tienen nada que ver conmigo.”


Maravilloso también resulta la inclusión entre las cartas de algunas fotos (presentes en la edición), que en su silencio de plata nos remiten atmosferas, fisonomías y expresiones que el lector va descubriendo a la par de la protagonista, en un proceso simbiótico de indagación y empatía. Resulta difícil no reconocerse en la simpleza de esos ambientes de clase media de pueblo de llanura, enmarcados en aquel formato 9x13 cm.
 “Lo que para algunos es trapo, para otros es bandera”, sentencia la nona, y probablemente la pertenencia a una misma cosmovisión con la autora, hayan influido en la manera que la lectura de esta novela me caló hasta los huesos. Sin embargo, sospecho que hay algo más. Puede hacerse muy buena literatura relatando hechos extraordinarios, pero muy pocos tienen la capacidad de llegar más allá, prescindiendo de ellos. Maria Teresa Andruetto lo hace. Y nos pertenece.




12 feb. 2010

El silenciero - Antonio Di Benedetto


Por estos días la avenida que bordea el río de mi ciudad, trueca sus largas visuales de verde fisonomía por la apretujada y serpenteante hilera de tablones con roja piel de nylon, en donde anualmente nos acodamos, locro mediante, a renovar el compromiso colectivo de las peñas. En improvisados escenarios, ignotos cantores ofrecen su arte, amplificados por desleales parlantes que se baten en estériles batallas por imponer sus decibeles. La justa se renueva noche a noche precedida por un estruendo de bombas, que intima a perros y huraños a la desesperada pesquiza de algún hueso de silencio. Similar búsqueda es la que emprende, con obstinada perturbación, el protagonista de El silenciero, cuando vecino a la casa que comparte con su madre, instalan un taller de reparaciones. El ruido de allí derivado comienza a torturarlo, resultando en vano las denuncias y sabotajes que lleva adelante en pos de aplacarlo. Ni la amistad de un alucinado personaje, ni la concresión de su casamiento, logran pacificar su atormentada existencia, siempre acechada, a pesar de las continuas mudanzas, por algún ruido que le impide concentrarse en su anhelado y siempre postergado, proyecto de escritura.
"Lo sabés ? La noche fue silencio. Precedió el silencio a la creación. Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio. De silencio fuimos y al polvo del silencio volveremos. Alguien pide: que pueda yo recuperar la paz de las antiguas noches y se le concede un silencio vasto, serenísimo, sin bordes. El precio es su vida."

La prosa lacónica y depurada del gran maestro mendocino (que como señala JJ Saer en el prólogo, no reconoce antecedentes ni continuadores) encarna brillantemente no solo la personalidad del protagonista, sino también el postulado que lo lleva adelante: sofocar el ruido, que no nos deja escuchar al cantor.
Cualquier similitud con la realidad del país, es mera coincidencia.

1 feb. 2010

Plataforma - Michel Houellebecq


"La gente desconfía de las personas que a partir de cierta edad se van solas de vacaciones; creen que son un poco egoístas y probablemente un poco viciosos; no puedo decir que se equivoquen."
La cita aparece en la primera página de Plataforma, un libro cuya temática aborda el sexo y las vacaciones de manera inteligente y brillante.
Michael, un empleado público cuarentón y soltero, recibe la herencia de su recientemente fallecido padre y decide patinarla cumpliendo el sueño de la gran mayoría: viajar a algún sitio exótico donde coexistan, en número regular, playas y putas.
Elije como primer destino Tailandia, lugar al que también partirá el lector, junto a un heterogéneo grupo de turistas, cuyas actitudes y posturas son descriptas y analizadas desde la mirada acida y apática del protagonista. El tipo no será un partenaire ideal como compañero de viaje, pero por lo menos la tiene clara:

“Seducir a una mujer que uno no conoce y coger con ella se ha convertido, sobre
todo, en una fuente de humillaciones y problemas. Cuando uno considera las
fastidiosas conversaciones que hay que soportar para llevarse a una tía a la
cama… se entiende que los hombres quieran ahorrarse problemas a cambio de una
pequeña suma.”

No obstante, conoce a Válerie, con la cual una vez retornados a sus respectivos hogares, vivirá un romance de imprevista intensidad, que los llevará a emprender, junto a un amigo de ella, el negocio del turismo sexual, que luego del éxito inicial, acabara en tragedia.
La novela, cuyas escenas de sexo son de las mejores que he leído, plantea que si antes la seducción era el mecanismo para establecer encuentros sexuales, el narcicismo y egoísmo de que hoy es objeto esa seducción, a dado paso a suplirla por el poder del dinero.
Como contraste aparece el amor autentico y absoluto de su relación con Válerie, oposición que se sustenta en el sentido de la entrega:
“Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos
temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación
sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del
olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin
perdernos.”

Párrafo aparte merecen algunas polémicas consideraciones que el autor expone sobre Cuba y la religión musulmana, situación que le imputó feroces críticas de los más variados sectores. Más allá de eso, leerla es un verdadero placer.