18 ago. 2021

Satisfaction - Pablo Ottonello

 



Cuenta Keith Richards en este libro que rodando de gira por Florida en mayo del 65, compuso una de las canciones más famosas de la historia del rock mientras dormía. Tal cual: “No lo sabía ni yo mismo. Lo supe por mi pequeña grabadora Phillips. No sé que me llevó a verificar la cinta esa mañana; era nueva, la puse en la grabadora la noche anterior y se había terminado. Rebobiné y escuché Satisfaction. Era un esbozo. Luego se me oye roncar durante cuarenta minutos”. Al otro día, Mick terminaría el trabajo en la piscina del mismo Harrison hotel, clavando esa letra inconformista que ya es himno de multitudes. La grabaron cuatro días más tarde de paso por Chicago en el Ches Studio. 

En la misma ciudad y con la misma gente (los insatisfechos, no los Stones) Ottonello escribió esta novela homónima que transcurre en tan solo una de sus heladas noches y se consume al calor de tres actos, dos monólogos y una anécdota.

 

Julia y Juan son migrantes vip argentinos transplantados a esa urbe pionera en exterminar Potawatomis y con idéntico afán, inventar los rascacielos. Aunque inmersos en el ancho mundo de las corporaciones, por más vistas que el lago Michigan se afane en brindarles no alcanzan a mojarse en las cristalinas aguas de la satisfacción. El algoritmo de una aplicación de citas, moderno cupido a las órdenes de la diosa Tech, obró la ocasión de reunirlos en el pub más caro de la ciudad y bajo sus tenues luces los encontramos. Habituados a este tipo de citas, el diálogo entre ambos se transforma mediante el Puigueano recurso de mutear al otro, en el monólogo donde Julia se despacha sobre temas tan diversos como la paranoia social, el exilio, el uso del lenguaje y por sobre todo, los nuevos modos impuestos en las relaciones humanas por los caprichos de la citada diosa en la que ciegamente hemos apostado toda nuestra fe. 


“Esa comodidad y autoestima que uno desarrolla en su yo virtual se viene abajo en cuanto hay que poner-el-cuerpo y darse cita en un lugar físico” 

 

Sabemos que toda relación es también un campo de batalla donde cada uno despliega sus recursos en pos de lograr su hegemonía. Ser amado, deseado o añorado es el objetivo implicito en el juego y en ese trance está planteado el asunto. El equilibrio inicial de fuerzas entre ambos contendientes, con el correr de los tragos y la noche, comienza a mostrar tendencias definitivas cuando ella decide continuar la velada en su casa, una de esas urbanizaciones periféricas habitada por gente que gasta sábanas de seda blanca y choferes negros. Conocemos los detalles de ese segmento en la voz de Juan, cuya paupérrima perfomance en el plano sexual parece condenarlo irremediablemente a la interperie. 


“el sexo es siempre riesgoso, porque lleva la cuenta a cero. Hace reset.” 


Desperdiciada la posibilidad de emparejar el juego en lo físico, el final de Juan se anuncia como una copiosa nevada que amenaza con congelar la poca sangre que aún corre por sus amoratadas venas. Entonces, contra cualquier pronóstico, la narración de un evento sencillo parte el hielo de un hachazo y en ese golpe se concentra todo el valor reparador de la literatura. Acostumbrado a lidiar en el mundo corporativo donde los errores se pagan al contado, esa actitud casi magnánima deja prendado a nuestro partenaire, aunque la madrugada se acerca y otro día ya despunta en el horizonte. 

La doble negación en el estribillo de esa canción que dio la vuelta al mundo nos advierte sobre la posibilidad de no encontrar ninguna satisfacción. Quizás solo la estemos buscando en el lugar equivocado.





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29 jun. 2020

El amigo - Sigrid Nunez




A semejanza del Covid19, el suicidio también es contagioso. Lo sabe muy bien la escritora que narra en primera persona el padecimiento de un duelo que no solo se niega a abandonarla, sino que amenaza con llevársela puesta. Su admirado colega, por demás amigo y confidente, se pegó el viaje al más allá sin previo aviso y ella destaca entre sus contactos más estrechos. El trío de viudas que el vate ha desamparado con tan definitiva decisión, reniega del saldo que ha dejado su sorpresiva partida: un enorme vacío perro de nombre mitológico del que se hace cargo nuestra solitaria protagonista, alojándolo en su pequeño departamento donde expresamente se prohíbe la tenencia de mascotas, aunque no de penas. Antropomorfización mediante, el viejo gran danés se transforma en el eje sobre el cual comienza a girar su vida social y afectiva, ocupando cada vez más espacio, no solo físico. Alimentar, acicalar, curar y sacar a pasear esa inmensa tristeza artrítica de cuatro patas a la que se ha aferrado con tanta ternura, amaga con arrastrarla por la misma senda que a su antiguo dueño: un camino empedrado con la constatación de que ese recorrido vital que fue una manera de sentir y vivir la literatura, y en cuya enseñanza puso quizá su mayor esfuerzo, ya no existe. Dos cadáveres y un perro son demasiado para una sala velatoria que apenas supera los 45 m2.

“Que ni los estudiantes de las mejores universidades distinguen una frase buena de una mala, que a nadie en el sector editorial parecía ya importarle cómo había que escribir, que los libros estaban muriendo, que la literatura estaba muriendo y que el prestigio del escritor había caído tan bajo que el mayor misterio era cómo el mundo entero y su abuela buscaban la autoría como pasaporte a la fama”
Si al comienzo del libro teníamos en claro que el amigo del título hacía referencia al suicida, a medida que avanzamos en su lectura esa percepción se pone en tensión ante la aparición de otros factores (el perro, el luto, los libros) que también disputan ese sentido.
 El paso del tiempo -y de la novela- no varía el tamaño del perro pero si lo envejece. Los grandotes viven menos? Existe alguna relación entre la expectativa de vida de una pena y su masa muscular? Convencida de que los libros guardan respuestas, la protagonista suele leerle al gigante canino las cartas de Rilke con la expectativa -y la esperanza- de que las comprenda, y en voz alta le dice: Quizá todo lo que nos asusta sea -en su más profunda esencia- algo indefenso que sólo ansía nuestro amor.




PD: Con El amigo, la autora neoyorquina Sigrid Nunez (nacida en el 51, de padre chino-panameño y madre alemana) ganó el premio nacional del libro 2019 en su país, empujoncito que le permitió con esta, su sexta novela, ser traducida también al castellano. Colaboró en una banda de medios escritos e impartió cursos en otras tantas universidades. Fue una estrecha colaboradora de Susan Sontag (y más estrecha aún de su hijo, David Rieff) de quién escribió el memorial “Sempre Susan”.



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21 oct. 2012

El viento que arrasa - Selva Almada



Quizá amortigüe la culpa no haber escuchado cantar al gallo, pero tres veces negué esta novela antes de que su lectura traspasara mi frente y cual converso, me disponga a dar testimonio de ello.
No fueron los falsos profetas de siempre acostumbrados a ensalzar semanalmente libros en diarios o revistas especializadas a los que debo la advertencia desoída. De haber sido así otro sería el tamaño de mi culpa. Fueron tres escritoras, con no más de veinte días de diferencia, quienes alzaron sus féminas voces señalándola. Y no oí.
Gabriela Cabezón Cámara, de visita por la Villa se acerco a la librería, y entre charlas me conmino fervientemente a que la lea. Pasé.
Laura Escudero también anduvo por estos pagos disertando en el primario de mi hija y ante la pregunta de qué libro le gustó o recomendaría, no dudó en responder y coincidir con su colega. Yo, incrédulo, volví a pasar.
La tercera, como impera en estos digitalizados tiempos, llegó vía facebook: Sandra Comino comentó fascinada su adhesión absoluta al culto del viento arrasador. Entonces sí, me acerque despacio al estante, mire los autos oxidados de la tapa, y empecé a leerla. No paré.

Un desperfecto mecánico en el coche, obliga al reverendo Pearson y su hija adolescente a hacer escala en una precaria estación de servicio con taller anexo, en el límite paisajístico donde la pampa santafesina comienza a transformarse en monte chaqueño y la densidad de personas por km2 desciende al orden de las décimas.
Un curtido habitante de ese paisaje y su entenado hijo, regentean el lugar y ofrecen las condiciones mínimas para la espera. En esa interacción, la verba inflamada del pastor, los deseos soterrados o el calor agobiante, terminarán por fermentar una de esas tormentas de verano, que amenazan mucho más cambios de los que concretan.
Una novela donde las madres son absolutas protagonistas por ausencia, ambos jóvenes las han perdido, ella, siempre en movimiento con su padre peregrino, recuerda a la suya anclada en algún paraje; por el contrario el pibe, fue amarrado a ese taller por su madre, antes de que se pegara el palo rumbo a Rosario.

Y se sabe, que pocas ausencias son tan profundas como las de una madre. Feliz día a todas ellas entonces, estén o no.

24 sep. 2012

Nadie se salva solo - Margaret Mazzantini


"Las personas deberían dejarse antes de llegar a ese punto. Al que han llegado ellos. Con los primeros síntomas habría que marcharse, abandonar el campo. Total nunca mejora, sólo empeora y empeora…cuando el niño pequeño llora y el mayor se limita a respirar, como un gato que procura que no lo encuentren. Porque ya lo ha aprendido…éste es el momento clave, cuando os habéis matado y seguís viviendo, víctimas y asesinos en la misma mierda de cocina."

Delia y Gaetano parecen por fin haberlo entendido, después de 10 años de aportar sus vidas a un insulso matrimonio que ha dejado como saldo dos pequeños hijos y una larga minuta de heridas por cicatrizar. Ese pasado compartido los constituye y ahora que ya no viven juntos, se han citado en un pequeño restaurant callejero para negociar las vacaciones de los chicos. A su turno y con el monólogo interno como recurso narrativo, la ex-pareja repasa el camino que los llevó de aquel amor que parecía eterno a este presente de indiferencia y disputa.
Mazzantini no hace panorámicas de ese camino tan concurrido, las fotos que decide mostrarnos tienen el zoom a tope, situaciones frecuentes, minúsculas, nos van narrando el viaje, buscando el sentido en primeros planos:

"Cosmo estaba sentado a su lado, como siempre. Empezó a hablar del hámster: ya no se movía, ya no deambulaba de noche.
-Mamá, tenemos que llevarlo al veterinario.
Gaetano mojaba el cruasán en el capuchino, con la boca llena dijo:
-Nada de llevar el hámster al veterinario, ya compraremos otro.
Silencio. Delia lo había mirado con una cara que se parecía a una de esas instalaciones.
-¿Qué has dicho?
-El veterinario cuesta cincuenta euros, el hámster, ocho."
La cotideaneidad de esos recortes produce una empatía instantanea con ambos personajes, ninguno de los dos resulta culpable, actúan por instinto, son tan familiares que podríamos encontrarlos al doblar la esquina, o lo que es peor, una mañana frente al espejo.
Desde la mesa vecina, una pareja de ancianos contrasta, demostrando que la utopía de envejecer juntos es posible sin tener que aceptar amargamente la derrota, pero ya desde el título nos advirtieron que nadie se salva solo.  
La foto que ilustra la portada, no tiene autor conocido, lo que obligó al editor a colocar una nota haciendo conocer su intención de pagar por el crédito apenas sepa a quién pertenece. Semejante riesgo editorial se justifica al verla, pues si resulta perturbadora y ambigua en una primera impresión, luego de leer el libro coincidiremos en que no podría existir otra que lo resuma con tanta hondura.

31 ago. 2012

Los peces no cierran los ojos - Erri De Luca



En el fútbol, el apelativo de distinto no guarda connotaciones negativas como en otros ámbitos, por el contrario, califica al portador como dueño de un saber superlativo, que solo él posee y que a los demás participantes les fue negado. Circunscriptos a esta caprichosa concepción del término, el napolitano Erri De Luca gradúa dentro de los parámetros como para entrar en esa clasificación, en el amplio panorama de la narrativa actual.
En esta novela autobiográfica, primera y única hasta ahora editada en Argentina, el narrador, en los albores de su vejez, recuerda el devenir del final de su niñez durante unas vacaciones de verano en una isla pegada a Nápoles.

“Destino, según su definición, es una trayectoria prescrita. Para la lengua española es también, más sencillamente, llegada. Para alguien nacido en Nápoles, el destino está a sus espaldas, es provenir de allí. Nacer y crecer en esa ciudad agota el destino: vaya uno donde vaya, ya lo ha recibido como dote, mitad lastre, mitad salvoconducto.”
Lo acompañan su madre y su pequeña hermana, pues su padre estiró el viaje hasta Nueva York en busca del escurridizo sueño americano. Su carácter introvertido, su afición a la lectura y los crucigramas terminará, por motivaciones antagónicas, de atraer la atención de una jovencita del norte y del trío de pretendientes que viene incluído, proclives estos al sencillo uso de los trompadones como catarsis ante elecciones que no los incluyan. Lejos de la delación o el arrugue, el pibe acomete los golpes y los besos a la manera de los peces, sin cerrar los ojos, intuyendo quizá que el premio mayor está en crecer.
Relatar con semejante maestría una historia sencilla como esta, no solo es fruto del talento y la sensibilidad, sino también del sentido que se la ha dado a una experiencia de vida singular. La agudeza quirúrgica en la elección de cada palabra, genera frases magras, sin aditivos, puro tendón y músculo.
"En los relatos de mamá, de la abuela, de la tía, estaban los grandes almacenes de historias. Sus voces han formado mi sintaxis, mis frases escritas no son más largas que el aliento que se precisa para pronunciarlas."
A la inmensa satisfacción de su lectura, deberé adjuntarle la promesa de renovarla, en la medida que asomen por estas pampas los demás libros que por suerte ha escrito De Luca. Ojalá no debamos esperar mucho tiempo a que suceda.

16 abr. 2012

Chozas - Pablo Giordano


Desde el inicio, apenas franqueamos la tapa de chozas, se nos advierte que vamos a introducirnos en un espacio de ficción pura y que cualquier parecido con personas, lugares y hechos reales deberemos imputárselo exclusivamente a la fortuna de las coincidencias. La anotación, lejos de ser un formalismo o una obviedad, es una marca delatora, un warning! a partir del cual inferir que el artefacto no es inofensivo, y que en ciertas manos puede estallar si previamente no se desactiva el cablecito rojo, ese que conecta la novela con su hábitat: un “pago chico” de la llanura cordobesa donde cada vecino soporta su curriculum pegado en la frente. Ellos son los destinatarios del mecanismo de autodefensa implantado, necesario en tanto y en cuanto el autor todavía camine sus calles. Y cuente.
Puestos en esa ecuación, se nos revela una década en la “foja” del Nacho, quizás la más conflictiva de todas las que conforman una vida, aquella que va de los 10 a los 20 años.
El pibe, sus padres laburantes y una hermana, habitan una de las nuevas casitas de plan sembradas en los 80 en terrenos mercadeados al campo, transformado ahora a ojos del piberío en seductor vecino. A los diez años, para descubrir las cosas es imperioso ocultarse, y si la planicie pampeana es buchona por naturaleza, el instinto juvenil es hábil por necesidad.
“Mis viejos me tenían penado de que me juntara con los del barrio y a cada rato me preguntaban a dónde mierda iba y que iba a hacer y ojito con esto y con aquello. Armé la choza porque quería vivir ahí. Más vale que después me cagué y volvía todas las noches a comer y dormir en mi casa.”
La choza conforma entonces el templo del “otro” saber, aquel que se construye entre pares y se formatea en el cuerpo, sin margen para eludir los daños colaterales que tarde o temprano pasarán la factura. Como en el tango de Mores, hay de todo en la chocita, hasta lugar para la tragedia.
En el pueblo todo se sabe y lo que no, se inventa y por más pepas que te morfés, nadar las agitadas aguas de la adolescencia con esa mochila en la espalda suele hundir a cualquiera sino se tiene a mano una tabla a la que aferrarse. Descartada la familia, cuyos vínculos son aún más frágiles que el manojo de cañas con que antaño construía las chozas; descartado el amor siempre esquivo; quizás lo único que distinga el nachito en la superficie sean los libros.
Desde la contratapa, la voz autorizada de Fabián Casas pondera la particularidad del lenguaje con que está escrita la novela y no zanatea; la verosimilitud que muestran los personajes surge de la voz que los construye, los protagonistas hablan y fundamentalmente piensan con la edad que tienen, forjando su personalidad con el devenir del tiempo, lo que es decir con el discurrir de páginas. Y aunque sea una obviedad, no pasa seguido.
Una novela, la primera que escribe Pablo Giordano, a la que le caben los tres adjetivos que reclamo de cualquier expresión artística: honestidad, atrevimiento y cierto grado de belleza.

27 nov. 2011

Cita en el lago Maggiore - Antonio Dal Masetto



Había leído oscuramente fuerte es la vida, allá por el 95, semanas antes de recibirme y enfrentarme a la decisión de quedarme en Córdoba o volver a mi casa, con los míos. Recuerdo que su lectura, en ese momento de mi vida, influyó de manera determinante en aquella decisión que, por qué negarlo, marcaría mi futuro y mi destino.
En esa ficción, Agata, recuerda su vida en Tarni (Intra en la realidad) un pueblito piamontés a orillas de uno de los lagos que comparten Italianos y Suizos, del que partió con un par de hijos años después de la guerra, en la búsqueda de un porvenir y un marido que los esperaban en la pampa Argenta.
Tiempo después, ya instalado en Villa María y con la marca imborrable de aquel libro en la cabeza, encontré casi de casualidad la tierra incomparable, continuación que cierra el círculo de Agata, cuando a poco de cumplir 80 años, regresa a visitar su Tarni natal y confronta sus recuerdos con una realidad que ha cambiado.
A partir de allí, me convertí en un seguidor del “tano” Dal Masetto y siempre estuve atento a sus lanzamientos y artículos en el página. Cuento esto como una manera de mensurar la expectativa con que me sumergí en la muy reciente Cita en el lago Maggiore, novela que termina por conformar junto a las otras dos, una trilogía casi autobiográfica del autor y su pertenencia a ese lugar, su pueblo de infancia.
El hijo de Agata es quien ahora regresa al pueblo del que partiera con su madre cuando solo tenía 12 años, ya lo había hecho en dos oportunidades anteriores, pero esta vez va acompañado de su joven hija que reside en España, situación que convierte ese retorno en una experiencia mucho más compleja y enriquecedora, en la que afloraran recuerdos y heridas de un pasado lleno de claroscuros.
“Habían ido al pueblo para que él le sirviera de guía, para llevarla de la mano, para enseñarle, para informarle, para que ella supiera de dónde habían venido los que la precedieron, para que a la historia de su vida se engarzara un eslabón nuevo y de ese modo hacerla más completa. Pero ahora el padre se preguntaba si en los días que vinieran no terminaría siendo ella la que guiara, la que lo llevara de la mano, la mediadora, la que le permitiera regresar y acceder al archivo de las cosas perdidas.”
El libro abre con una dedicatoria que siento, me incluye; dice: a todos los que volvieron buscando lo que ya no estaba. Y me incluye porque volví a leer esta historia, buscando algo de aquello que había encontrado en las anteriores, fundamentalmente en la primera. No tarde en darme cuenta de que semejante cosa era imposible.

13 nov. 2011

Que empiece la fiesta - Niccolò Ammaniti


Diarios de todo el mundo por estas horas, incluyen en sus ediciones complicadas y aburridas crónicas sobre la Italia Berlusconiana, algunas haciendo hincapié en la figura personal del renunciante, otras deteniéndose mayormente en lo político y social pero ninguna, créanmelo, llegará a aportarles una visión tan real y precisa, como la lectura de Que empiece la fiesta.
Son dos los protagonistas que alternativamente llevan adelante la novela: Fabrizio Ciba, joven y egocéntrico escritor cuyos trabajos le han otorgado un aura de celebridad y reconocimiento, que despliega muy a gusto en los circuitos sociales más selectos de Roma, a los que concurre asiduamente para libar halagos y minitas, aunque luciendo siempre su atuendo de intelectual crítico y progre, con detalles de ironía al tono. (No seáis mal pensados, no es Caparròs)
Saverio Moneta alias Mantos, un humillado empleado en la fábrica de muebles de su suegro, líder de la decadente secta “las bestias de Abadón” cuya sangría de adeptos (solo quedan cuatro) los ha puesto al borde de la disolución, evitable en tanto y en cuanto sean capaces de ejecutar un gran golpe de efecto, que los posicione entre los más despiadados y crueles en los foros de “diabólicos” de la web.
Ambos protagonistas coincidirán, por relatadas circunstancias, en lo que promete ser la mayor fiesta de todos los tiempos, que ofrecerá el poderosísimo e impredecible empresario Sasà Chiatti, en el mayor parque público de Roma, la Villa Ada, del que se ha adueñado para convertirlo en una especie de zoológico personal con el objeto de incluir en la celebración tres alternativas de caza mayor. (No seáis mal pensados, no es Berlusconi). Dos dìas durarà la fiesta, en la que pasarà de todo y como en la realidad, tampoco terminarà bien. 
Ya hace un par de años que comentè mi deleite por los libros de Ammaniti, al punto que soy uno de sus tifosi y aunque en esta novela se corre un poquito de sus anteriores registros, apelando a un humor más absurdo y delirante, la foto que narra de la Italia actual, se parece mucho a la “pizza y champan” menemista y en el retrato de esa fauna de personajes que a diario anidan las pantallas de tv (futbolistas, políticos, periodistas, actores, etc.) el autor no deja títere con cabeza.
Más que empezar, parece ser que la fiesta término para Il Cavalieri y a SuperMario, le quedo la ingrata tarea de hacerse cargo de la limpieza del salón, suerte que tiene su mameluco azul. Por supuesto, serán los que no fueron participados ni siquiera al brindis, los que deberán pagar la cuenta y los platos rotos. Nada que no nos haya pasado.

1 oct. 2011

Divorcio en Buda - Sándor Márai


El pasado jueves al mediodía un terrible hecho de sangre conmocionó la ciudad donde vivo. Un hombre común, como tantos, de los que a diario saludamos cuando vamos a buscar a nuestros hijos a la salida de la escuela, eligió ese momento y lugar para ultimar a su mujer, de la que recientemente se había separado. Por qué? que extraños pensamientos dominaron su conciencia? que lo motivó a acabar con la vida de esa mujer a la que seguramente amó, y en ese mismo acto desbarrancar la suya propia y la de sus hijos? ¿que infierno anido en su cabeza? Convencido de que las respuestas a una realidad desbordante, puede a veces encontrarse en las buenas ficciones, me permito reseñar Divorcio en Buda, del húngaro Sándor Márai.
Ambientada en la Buda-Pest de entreguerras, la primera mitad de la novela nos presenta a un joven e intachable juez que al día siguiente deberá dictar sentencia en un juicio de divorcio, cuyas partes son viejos, aunque lejanos conocidos suyos. Apenas recuerda al hombre que fue su compañero de escuela, pero aún tiene muy presente a la mujer, con la que compartió algunas conversaciones y tertulias en su adolescencia. Esas circunstancias, lejos están de variar en algo su imparcialidad y objetividad, pues tiene muy en claro el papel que le ha sido confiado: es juez, es ni más ni menos que el reservorio de los valores de una sociedad y de un estilo de vida en los que ha sido formado y a los que ha jurado defender.
Esa noche, al regresar a su casa despues de un paseo con su mujer, está esperandolo aquel compañero de primaria para hecerle una cruel confesión: ante la inminencia del divorcio, ha asesinado a quién fuera su esposa.
"Anna no puede escapar de mí. Esta intranquila porque siente que algo le ocurre, que ya no es ella la que toma las decisiones, que ya no es ella la que elige, que está bajo la influencia de fuerzas desconocidas, que me tiene que aceptar. Es más: no basta con que me acepte; debe entregarse por completo, aunque no quiera; no tiene escapatoria, yo no me conformo con cualquier cosa. Mis condiciones rozan la crueldad. No me sirve una entrega a medias, una entrega fingida; llevo a cabo una conquista total, por que en la vida del individuo esas batallas son similares a las de las grandes guerras de la humanidad: no sólo quiero obtener mi presa, sino que exijo una entrega absoluta, lo quiero todo, quiero poseer todos sus recuerdos, hasta los que el tiempo a borrado; quiero conocer todos sus pensamientos, sus secretos, el contenido de sus primeros deseos...¿Te asustas? ¿es demasiado? ¿Es suficiente?...Sí, ella también se asustó."
Durante el transcurso de esa noche, el juez será testigo de esa confesión, en donde el asesino relatara la historia de sus ocho años de matrimonio, pero a la vez también ocupará el banquillo de los acusados, junto a la sociedad y los valores que representa.
"Tuve que abandonarla, tuve que dejarla a solas con su destino. Tarde o temprano nos vemos obligados a abandonar a todo el mundo a su suerte. No hay cosa más difícil en este mundo que ayudar a alguien. Ves únicamente que una persona que quieres o que es importante para ti se dirige a un precipicio, que actúa en contra de sus intereses, que se vuelve loca o triste, que se atormenta, que no puede más, que esta a punto de caerse..., y tú corres hacia ella, te gustaría ayudarla y de golpe te das cuenta de que no es posible. ¿Acaso eres débil? ¿No sirves para ello? ¿No eres lo bastante bueno, lo bastante sincero, lo bastante abnegado, apasionado y humilde? Claro, nunca somos lo bastante...Pero aunque fueras un profeta con poderes sobrenaturales y hablaras el idioma de los apóstoles, tampoco bastaría...No se puede ayudar a nadie porque el "interés" de los hombres no es lo mismo que lo que es bueno o es lógico. Quizá necesitemos el dolor. Quizá necesitemos aquello que, según todos los síntomas, es contrario a nuestros intereses."

14 ago. 2011

Papeles en el viento - Eduardo Sacheri




Leí este libro en condiciones y contextos deplorables, aprovechando al máximo los fragmentos de tiempo que la actividad laboral, social y paterna me lo permitieron, durante este personalmente caótico inicio de agosto. Ni las feroces pendencias de mis niños por infinitas nimiedades, ni las indirectas de mi mujer y su marido “ausente”, ni siquiera el cansancio físico de largas jornadas, pudieron hacer mella en mi determinación de lector, induciéndome a la búsqueda de insospechados momentos y lugares donde ejercer el hábito de la lectura. El merito único y absoluto de tal obstinación, en este caso corresponde a Eduardo Sacheri, autor de la magnífica Papeles en el viento.
La novela comienza con el entierro del Mono Raguzzi, un fanático hincha de Independiente, cuyo paso por la vida dejó entre otras pasiones, una pequeña hija fruto de un fugaz matrimonio; un capital de 300.000 dólares invertidos en la compra de un jugador de fútbol “con futuro”, fruto de una indemnización laboral y tres disímiles amigos (uno de ellos su hermano mayor), fruto de una afectuosa y sincera relación que se remonta a los tiernos años de infancia en el barrio de Castelar.
Fernando, el Ruso y Mauricio se juran recuperar aquella inversión con el fin de asegurar el futuro de la huérfana, tarea nada fácil si tenemos en cuenta que el goleador “con futuro” devino en un patadura que prodiga sus escasísimas virtudes futbolísticas en un ignoto equipo Santiagueño, rival de nuestro Alumni en el Argentino A. Las muy diferentes personalidades de los tres protagonistas harán que la relación entre ellos se ponga a prueba ante cada intento fallido de “colocar” al matungo, situación que es aprovechada para reflexionar sobre los más diversos temas que van desde los espirituales, como el valor de la fe o la propia existencia de Dios hasta otros mas mundanos y terrenales, como la mejor táctica para jugar en la Play o el “negocio” de cierto periodismo deportivo; todos ellos encarados, no desde una óptica intelectual o ensayística, sino con el simple encanto y humor de esa filosofía barrial que inunda los tablones cada fin de semana en las incontables canchas de nuestro país. Y es en esos diálogos fontanarrosescos, donde se asienta buena parte de la belleza de esta novela, que tiene la virtud de hacer pedazos un clima de creciente emoción con una salida ocurrente y en una línea transformar esa rebuscada lágrima en carcajada.

Quienes aprecien las buenas historias y el fútbol, en ese orden, sin dudas disfrutarán tanto como yo de este libro, y al finalizarlo probablemente también empardarán la sensación del Mono Raguzzi en la tribuna cada vez que termina su equipo victorioso, y ese mero hecho, como un partido o un libro, tiene el poder por si solo de alinear los planetas, y ponernos en paz con el mundo y es solo entonces cuando podemos reparar en la sutil belleza de unos simples papeles en el viento.