1 ago. 2009

El pintor de batallas - Arturo Perez-Reverte

Hasta hace no tantos años, como recordaran ustedes, la biblioteca Municipal eme Moreno se ubicaba en el ingreso del Consejo Deliberante, a mano derecha como quien va a la sala de sesiones. Las dependencias ubicadas a mano izquierda, también eran parte de la biblioteca, solo que allí se ubicaban aquellos libros menos solicitados, entre los que se encontraba gran cantidad de volúmenes editados por la el circulo de oficiales del ejercito argentino en las décadas del 1940 – 50, bibliografía notablemente influenciada por las teorías militares germánicas, a las que en mi primera juventud devoraba con notable interés, y que dan fe las fichas de préstamo de aquellos libros que mantuvieron estoicamente durante años un único número de socio garabateado en sus renglones, el C718. Desconozco el destino que habrán tomado aquellos ejemplares de tapa amarronada, pero cuando el año pasado un cliente me pidió El pintor de batallas, -libro del que no tenía mayores datos que los referidos a su autor, a quien por otra parte no había leído nunca- me retrotrajeron a aquellas lecturas imbuidas por un espíritu pueril y belicoso.
Lo agarre entre semana, durante un par de cortas siestas y alguna que otra noche. Faulques, un maduro fotógrafo de guerra, se retira a vivir en un faro de locación imprecisa, en cuyas circulares paredes comienza a pintar todo el horror que ha visto, haciendo un recorrido por los conflictos armados que a cubierto con su cámara y constantes referencias a las mejores pinturas y fotografías del género bélico. La visita de un antiguo soldado croata, protagonista de una de sus fotos mas logradas, quien lo ha buscado durante años para vengarse, le ofrece al fotógrafo un interlocutor para reflexionar acerca de sus recuerdos y secretos y le dan a la novela un giro y una tensión extrema.
Son solo dos personajes y el recuerdo de una mujer, los que llevan adelante esta novela fantástica, en donde guerra y arte, dolor y belleza se confunden y entrelazan de manera perfecta.
Mantengo una deuda eterna con aquel lector, que me señalara con exactitud quirúrgica la maestría del relato Perez-Revertino, la que solo podre pagar, en pequeñas cuotas, señalándolo a otros. Más adelante volveré a reseñar algún otro trabajo del español, pues tiene varias piezas maestras, semejantes a mecanismos de relojería, ya sea para la dama o el caballero.
Siempre que vendo algún libro de este autor, vuelve a mi cabeza la imagen del pintor de batallas adentrandose en el mar, con el tributo a Caronte bajo la lengua.



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